La solución
Los conceptos los trabajamos entre todos; lo mío fue descubrir, en la investigación, cuánto valor había sin explotar, y ejecutarlo en dos frentes. Por el lado del servicio, convertí la planta en una experiencia: diseñé los tours guiados por el maestro cervecero y activé el bar como punto de encuentro y de venta. Eran activos que ya existían y que nadie estaba usando; pasaron a ser la cara más viva de la marca.
Por el lado digital, reconstruí el canal completo: reestructuré el sitio, ordené el SEO para que la marca empezara a aparecer en búsquedas, armé una narrativa coherente con su identidad y le di más uso a las redes para subir el engagement. El mundo digital, que estaba prácticamente dormido, pasó a traer gente tanto a la compra online como a los tours y al bar.
La parte más compleja fue la venta online. La diseñé e implementé con una restricción de operación clara: el reparto solo cubría un rango acotado, así que las ventas tenían que quedar dentro de esa zona. Eso me obligó a definir estrategias y plazos de entrega y, sobre todo, a cuidar la comunicación: que cada usuario supiera de inmediato si podía o no comprar según su ubicación, sin sorpresas al final. Resolver esa fricción antes de que ocurriera fue lo que hizo que el canal funcionara. Para que esa restricción no fuera solo mía, la conversé con el equipo de reparto antes de fijar las reglas del canal — necesitaba su confirmación operativa, no solo mi diseño, para no prometer algo que no se pudiera cumplir.